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30
Abril
2019

Mes de mayo, el de la Reina de las Misiones

Mes de mayo, el de la Reina de las Misiones

Aunque son muchas las ocasiones en las que está presente la Santísima Virgen, es el mes de mayo cuando la devoción popular se desborda, por el hecho de ser el mes dedicado a María.

Fue en el siglo XII cuando entró en vigor la tradición de dedicar 30 días a la Virgen María, que, entonces, se celebraban desde el 15 de agosto al 14 de septiembre. La tradición de dedicar un mes a la Virgen María se remonta al siglo XVII, y se extiende hasta nuestros días.

María siempre es más que todo lo bueno que podamos decir de ella. Y en cada época, y en cada individuo, y en cada circunstancia, interesan destacar unos aspectos sobre otros. De ahí que las letanías se harían interminables, según los intereses de cada corazón.

Para los misioneros y las Misiones, ella es la "reina de las misiones", ya que ella fue la primera evangelizadora, desde su ser la primera creyente, y la que infundió esperanza en la Iglesia
primera.

En ella resuena la Palabra, porque la interioriza y la saborea. Ella nos entrega el
Hijo de sus entrañas y se nos entrega, desde su experiencia de discípula de su Hijo.

Y, como madre, participa en el proyecto salvífico de Dios, situada en una zona de misterio que descalifica todo intento de conocimiento exhaustivo.

Ella será siempre un misterio que no terminaremos de comprender, pero sí vemos que es un camino que debemos recorrer, ya que es la mejor introducción a la realidad de Cristo.

María, dentro de su sencillez, da lugar al asombro. Por eso, toda la ideología debería ceder ante la contemplación sencilla del misterio. Y toda la magnificencia retórica de sus privilegios tendría que enmudecer ante la mirada simple de la humilde sierva del Señor.

María, tal como aparece en los Evangelios, es la que debe resonar en las celebraciones cristianas. Los días grandes de María son los días grandes del Señor; y los días grandes de Ellos son nuestros días grandes.

María, la madre, la creyente, la discípula, la sierva... acogedora para todos sus hijos, acogedora para todos; sobre todo, para los más necesitados. En su corazón de Madre cabemos todos, pero, sobre todo, los hijos más abandonados. Esta madre "no se cansa de esperar" a sus hijos desorientados.

"Al hombre de hoy, frecuentemente atormentado, entre la angustia y la esperanza, postrado por la sensación de su limitación, turbado el ánimo y dividido el corazón... la Virgen, contemplada en la ciudad de Dios, ofrece una visión serena y una palabra tranquilizadora: la victoria de la esperanza sobre la angustia, de la comunión sobre la soledad, de la paz sobre la turbación, de las perspectivas eternas sobre las temporales, de la vida sobre la muerte" (Marialis cultus, 57).

Ella no se ha ido en la Asunción, sino que sigue entre nosotros, y, ojalá, tengamos la mente clara para recordarla y acogernos bajo su amparo. Unidos en la fe a todos los seres humanos, recemos, por los creyentes y por los no creyentes, la oración que desde el siglo III repetían los cristianos: "Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios. No desoigas la oración de tus hijos necesitados, líbranos de todo peligro, Virgen gloriosa y bendita".

Paulino Sáez López, C.M.

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